El valor de la educación

Hace algunos años, cuando era pequeña, escuché a mi abuelo hacer un comentario sobre lo que le heredaría a sus hijos y en él señaló que el mejor legado que podía dejarles era la educación. En ese momento mi pensamiento infantil sólo era capaz de asociar el término “herencia” con “dinero”, de modo que la iniciativa propuesta por mi abuelo me pareció carente de sentido.

Él continuó con su explicación y fue tan vehemente que dilucidé todo el panorama de lo que quería decir. Aseguró que brindarles a sus hijos el acceso a la educación equivalía a proporcionarles las herramientas necesarias para enfrentar la vida y a la vez implicaba que ellos tuvieran oportunidades distintas a las de él, que no había concluido sus estudios. Tendrían la posibilidad de desarrollarse en mejores condiciones.

Han pasado más de 25 años desde entonces, y al hacer una retrospectiva de aquella anécdota me cuestiono si en el momento que vivimos ¿la educación será verdaderamente una buena herencia? Si la educación actual ¿realmente proporciona las herramientas para enfrentar la vida tal como vislumbraba mi abuelo?

Para poder descifrar esta inquietud es necesario ir acotando algunos puntos: la idea  de enfrentar la vida puede entenderse, desde una primera perspectiva, como la aceptación de aquello que nos toca vivir para así poder hacerle frente a lo que viene y que puede tender hacia la resignación con respecto a una forma de vida; una segunda interpretación tiene que ver con una posible confrontación, en donde a través del dominio del entorno se demuestre una condición de superioridad sobre él; y finalmente una tercera concepción en donde pueda enfrentarse la vida a través de la modificación de nuestra realidad pero respetando el contexto que nos rodea.

Cada uno de estos tres planteamientos por su lado, encajan en buena medida con el pensamiento dominante en los distintos momentos que Luis Villoro plantea en su texto El Pensamiento Moderno: el medievo, la modernidad en crisis y el tiempo futuro, respectivamente. Y es justamente en este último periodo donde se plantea que la crisis de la modernidad puede ser superada, con base en la propuesta que el mismo autor sugiere, en la búsqueda de una sociedad más igualitaria “el (nuevo) Estado no tendría como único fin la libertades individuales, sino la igualdad en las oportunidades de realización de cada persona”[1] a partir de esta concepción, para que el hombre pueda sentirse plenamente realizado es necesario que se desprenda de su individualidad y entienda el sentido de los elementos que lo rodean pues este entendimiento:

[…] le permitiría recuperar la sensación de pertenencia a una totalidad que lo abarca: comunión con la naturaleza, con la comunidad, con el cosmos […] esta comunión renovada con el cosmos y con los  otros manifestará de nuevo una dimensión de lo Sagrado […] en el interior de cada hombre y de  cada cosa,  que se manifiesta en el esplendor y en la unidad del todo.[2]

Es por ello justamente, que la tercera interpretación sobre afrontar la vida sería la más adecuada para poder darle sentido a la importancia de la educación planteada al inicio de este texto.

Para reforzar lo anterior es necesario precisar que en el primer planteamiento predomina una visión individual que prioriza un interés en particular por encima del todo, sin entender el sentido de las cosas; por su parte, el segundo planteamiento enfatiza la condición de desigualdad puesto que la aceptación de cierta condición de vida implica quedarse en una misma situación, sin posibilidad de buscar un desarrollo que permita el avance. Así pues, esta idea inicial de progreso anhelado sólo encuentra eco en la tercera propuesta, donde afrontar la vida conduce a un punto más igualitario y con sentido de totalidad, donde una acción no sólo va a repercutir en un aspecto sino en un todo

Una vez establecido cual es el sentido de afrontar la vida, la siguiente acotación es con respecto a la frecuentemente citada crisis de la educación. Es innegable que como muestra José Carranza[3] a lo largo de los últimos años ha sido una constante en las políticas educativas, tanto sugeridas como realizadas, la mejora de la educación. Ya sea a través de la disminución de índices de analfabetismo, la revisión y renovación de planes de estudio, la ampliación de la infraestructura relacionada con el sector educativo, el incremento constitucional en los años de obligatoriedad o incluso en el aumento del presupuesto asignado.

Sin embargo tampoco puede ocultarse que pese a estos intentos hay rotundas deficiencias. En el país específicamente, en el  2000[4] los años de escolaridad con los que contaban más personas (12,024,728) equivalía a haber cubierto primaria, es decir 6 años; las personas que no contaban con ningún año de estudio eran más de la mitad de esta cifra, 6,424,470. Es decir, por cada 2 personas que contaban con un parte del nivel educativo básico, hay otra que no posee ningún grado de educación formal; aunado a ello, los estados con el índice de escolaridad más bajo durante 30 años siguen siendo los mismos: Guerrero, Oaxaca y Chiapas[5].

En el ámbito internacional, los estudios de los franceses Baudelot y Establet fueron “mostrando como ha crecido el número de intelectuales y técnicos, y cómo cada año de estudios equivale, en términos de salarios, a dos años y medio de experiencia en la empresa”[6] pese a ello también es un hecho que desde “1973, en todos los países industrializados, la tasa de desempleo de los jóvenes es dos veces la del conjunto de la población”.[7]

Es evidente que algo está fallando en la educación, pues aunque hay avances también hay deficiencias. Para algunos que como yo en su momento, asocian la idea de dinero con herencia o educación, parece lógico pensar que ésta no es una buena herencia: la posibilidad de incorporación al mercado laboral como consecuencia de la educación es mínima, el nivel educativo de gran parte de la población es básico y por tanto, implica una competencia menor ante la cual el esfuerzo debe ser casi nulo…

Sin embargo Juan Delval va a hacer una observación puntual que dará un giro a esta postura. Él focaliza el problema educativo en las reformas, pero no en cuanto a falta de logros, sino en cuanto a su objetivo, puesto que dichas reformas se han encaminado en modificar planes y programas pero han perdido de vista el trasfondo de lo que en realidad sucede:

Hay que admitir que la enseñanza no se deteriora, sino que mejora. Esta mejora, sin embargo, no implica haber alcanzado el objetivo de igualdad de oportunidades, ni que la escuela promueva como debiera el pensamiento creador y autónomo, está muy lejos de ello, y los cambios que se promueven, soslayan el problema.[8]

Es decir, la educación como tal tiene un valor inherente porque posibilita el desarrollo del intelecto, la acción que conlleva cambios y favorece las condiciones de equidad; sin embargo bajo el modelo en que se imparte está limitada para cubrir lo que de ella se espera. La educación actual no proporciona elementos que nos permitan enfrentar la vida para transformar nuestra realidad de manera total e integrada, porque está anclada a un sistema de adoctrinamiento, sirve como receptáculo de información y no como agente de cambio.

Pese a lo anterior, estoy totalmente convencida de que sigue siendo una buena herencia, porque sólo a través de ella se puede construir una sociedad igualitaria, reflexiva y crítica; sin ella no podrá haber un caldo de cultivo propicio, en donde las ideas que intentan generar cambios de fondo en cualquier ámbito, encuentren eco.

El reto pues es virar el sentido que está teniendo la educación. De este modo la tarea de nosotros los docentes dentro del aula, se vuelve fundamental para generar transformaciones. Una enseñanza que  pese al sistema es capaz de cuestionar y cuestionarlo,  genera personas capaces de crear pensamientos de cambio.


[1] Luis Villoro. El Pensamiento Moderno. p. 116
[2] Ibidem. p. 118.
[3] Ver fuentes consultadas.
[4] José Carranza, Revista Mexicana de Educación, p. 421.
[5] Ibidem. p. 423.
 [6] Juan Delval. Los fines de la educación, p. 38
[7] Idem.
[8] Ibidem, p. 39.

Fuentes
CARRANZA Palacios, José. 100 años de educación en México 1900 – 2000. México, Editorial Limusa, 2003.
DELVAL, Juan. Los fines de la educación. México, Siglo XXI Editores, 1990.
VILLORO, Luis. El pensamiento moderno. México, Fondo de Cultura Económica, 1992.
MARTÍNEZ Rizo, Felipe. “Nueva visita al país de la desigualdad. La distribución de la escolaridad en México. 1970 – 2000” en Revista Mexicana de Investigación Educativa. Septiembre – Diciembre 2002. Vol. 7. Núm. 16, 415 – 443pp.

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Fotografía de Gabriel Chazarreta
Para citar este texto:

Acuña Díaz, Viridiana. “El valor de la educación” en Revista Sinfín, no. 1, septiembre-octubre de 2013, México, 81-83pp.
https://www.revistasinfin.com/revista/

Viridiana Acuña Díaz

Es comunicóloga por elección pero docente por vocación. Egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Actualmente curso el tercer semestre de la Maestría en Docencia para la Educación Media Superior (MADEMS) en la FES Acatlán. Piensa que la base de todo cambio está en la educación, para bien o para mal.

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