Los sin ventanas

 

 

Los sin ventanas se esconden de los rayos del sol porque no están familiarizados con ellos. No es que no les gusten, simplemente es que se les ha olvidado su calor, aunque lo vuelvan a descubrir cada vez que abandonan sus cuevas.

Los sin ventanas viven a la sombra de sus propias ságomas, deformadas por el brillo artificial de las bombillas. Controlan el descender de la obscuridad y la perduración del día sin tener en cuenta de los atardeceres. Los días pueden volverse infinitos, así como las noches pueden resistirse en abandonar sus piezas. Son los dueños incontrastables del discurrir del tiempo que no puede más sino conformarse con su voluntad. Son los dioses de sus propios mundos que nacen y mueren entre las paredes que delimitan su pieza. Cada día vuelven a crear la luz, escindiéndola de las tinieblas, utilizando simplemente sus dedos y según sus antojos divinos, sujetos sólo y exclusivamente a la jurisdicción de la energía eléctrica y la resistencia de las lámparas, cuya voluntad, de todas formas, amansan a través de sacrificios pecuniarios, igual que la voluntad de cualquier otra divinidad. Sus horarios prescinden de lo ordinario, pues los sin ventanas pueden transformar las tareas diarias en oficios nocturnos, despojar las noches de sus sueños para entregárselos a los días, aplazar la insolencia del insomnio para conjugarla con la ociosidad de la siesta y hasta convertir las madrugadas en medianoches obscuras y los relojes de pared en simples estatuillas en movimiento. No tienen costumbres sino la de escaparse de la monotonía impuesta por la concepción del tiempo.

Viven separados de todo el mundo, pero al alcance de cualquier latido. Qué situación más controversial. El espesor del hormigón los mantiene a salvo de la dimensión callejera que se proyecta más allá de sus hogares, pero no precluye el estallar de los ruidos y los jadeos de los peatones, los borboteos de los carros y el gruñir de los tranvías, el pitar enfurecido de las bocinas y los rasguños de los frenos, cuyas voces se infiltran entre las grietas para alcanzar su eco en la soledad sin sol de su mundo. Escuchan las avenidas en tumulto y conocen sus sollozos melancólicos así como sus carcajadas eufóricas. Lloran y se ríen con ellas. Son vibraciones familiares, que acunan y mecen su desconsuelo. El frescor del aire mañanero no rejuvenece sus pulmones desgastados por el polvo del encierro, así como sus dedos invisibles no pellizcan las mejillas abandonadas por la melanina. Del soplar de los vientos sólo les queda el recuerdo agridulce, que vuelve a ser realidad durante las salidas esporádicas que dictan el redescubrir del mundo de allá, cuyos cambios, imperceptibles para la mayoría, se deparan nítidamente a los ojos de los sin ventanas. A pesar del ardor de la ceguera inicial, causado por el resplandor inusual que invade su mirada de topo, los sin ventanas captan con facilidad las transformaciones de las veredas y las metamorfosis de los edificios, percatando hasta los pequeños detalles que remodelan las construcciones. Su olfato de tiburón percibe los diferentes aromas que navegan los aires, diferenciando las especias por su fragancia y saboreándolas en sus paladares atentos que imprimen los recuerdos asociándolos al espacio, suplantando los olores perdidos por la mutación de los gustos y reafirmando los que siguen vivos en el tumulto de las calles. Sus exploraciones son breves, pues los sin ventanas no pueden soportar la soledad cósmica del mundo de allende, cuyo peso insostenible amenaza aplastar su integridad. Es por esta razón que pronto vuelven a refugiarse en la tranquilidad de su mundo, almacenando celosamente la memoria de sus breves experiencias para proyectarlas en el sosiego de sus paredes, esforzándose de no dejarla huir entre las sendas del olvido, y desgastando su esencia en el intento de exhumarla una y otra vez.

Son seres tristes, los sin ventanas, pero de tanto convivir con sus melancolías han aprendido a manejarlas, sellando un pacto honrado con ellas.

A veces, cuando la soledad y la nostalgia espesan el aire, los sin ventanas se entregan a la compañía ajena. Suelen acercarse a individuos que comparten la misma obscuridad. Los sin ventanas sólo se manifiestan a sus parecidos. Deciden comunicarles su mundo y aprender del de los demás, pues cada sin ventana conoce su propia realidad y se beneficia de los miles más de sus parecidos que están por descubrir. Es ahí que los sin ventanas se alegran de su reclusión. En los desvelos de piernas encrucijadas y sábanas empapadas, hasta las grietas más desapercibidas se rellenan de quietud, y el aroma de los jadeos incumplidos no encuentra salida hacia el exterior, así no le queda otra sino quedarse en la pieza sin ventanas que se llena de música y colores que embarran el blancor frío de la cal de las paredes y empreñan el aire estancando con sus notas de ternura, postergando la desaparición del buen recuerdo. Y es por esto que los sin ventanas se rehúsan morir.

Giacomo Perna

Nací en Nápoles, Italia el 27/06/1993. Me gradué en la Università degli studi di Napoli “L’Orientale”, presentando una tesis sobre la relación entre realidad y ficción en la obra “Cien años de soledad”. Actualmente estoy estudiando un Máster de Literatura en la Universidad Libre de Bruselas, Bélgica. Cuento con un libro publicado en Italia por la editorial Bookabook, cuyo título es Caffé Nudo. Desde hace un tiempo me deleito escribiendo en español.

9 Respuestas a “Los sin ventanas”

  1. Rosario

    Increíble cómo manejas el idioma a un nivel que yo llamaría “exhuberante”, percibo en tu relato una cierta melancolía y una mirada resignada a un mundo que tú quisieras que fuera mejor. Felicitaciones querido Giacomo!!

  2. Cristopher Ramírez "Rupert"

    Enhorabuena, excelente lectura, de verdad que me has deleitado con el buen uso del español y del mensaje del cual hasta me sentí identificado.
    Grande mi compa, te deseo exitos.

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