Ser maestro: Un compromiso con la verdad, un escudo contra el olvido

Ser maestro: Oficio apasionante, gratificante, agobiante, reflexivo, artesanal, místico, ¿cuántos etcéteras podríamos agregar? Extraño mundo el de la educación, formal o informal, pública o privada: paradójico, pero un bien tan necesario. La principal misión del educador, más allá de buscar en el estudiante la cualificación para el trabajo, es la formación de ciudadanos críticos y reflexivos cuya conciencia y voluntad sean libres y no esclavas de un sistema opresor que justifica las desigualdades y la injusticia, la violencia, la mentira y el miedo. Utopía. Que este ideal, como dijo alguna vez un sentipensante, nos sirva para caminar.

Ni el maestro que hoy se desempeña en las aulas o bajo la sombra de un árbol o al improvisado cobijo de un potrero, ni aquel que su presencia física ya no existe y de cuyos huesos se nutre la tierra, han sido seres acabados que han llegado a la supremacía intelectual. Aquella persona que ha decidido sumergirse en el océano de la educación y adoptado el oficio de la enseñanza ha de darse cuenta de la necesidad constante de  alimentar sus conocimientos, como se alimenta el cuerpo, porque el conocimiento es su materia prima; de alimentar su espíritu, porque trabaja con emociones. El conocimiento, las emociones, el pensamiento, cuando se estancan, como agua en charca que no avanza hacia ningún lugar, se pudren; en cambio, cuando siguen un cauce, cuando buscan nuevos horizontes, nuevos caminos y se renuevan constantemente, nos cautivan porque al paso limpian su terreno y se deshacen de todo aquello que ya no sirve, lo alejan de sí, para ser contemplados con admiración, como los ríos antaño a la era de la híper contaminación.

El fin último de la educación es mostrar los diversos caminos que conducen a la libertad, a la justicia, a la igualdad. El maestro y el estudiante caminan juntos por aquellos senderos necesarios y prohibidos para la humanidad, caminos vedados porque el sistema económico mundial, el imperialismo, los gobiernos represores, los medios de comunicación masiva y otros altos intereses particulares, han ocultado tras la maleza y se hacen invisibles o aparecen como intransitables. El maestro le muestra al estudiante el camino que lleva recorrido y las cicatrices en su piel y en su espíritu, por las espinas del conformismo y la intolerancia que ha debido retirar para avanzar. Maestro y estudiante van juntos porque se necesitan de forma recíproca; llega el momento en que se separan porque el primero continuará su camino y el segundo encontrará el suyo propio.

La realidad que nos muestran la televisión, los líderes de opinión, las reformas constitucionales, la publicidad, las estadísticas oficiales, la historia escrita en los libros editados para la educación básica, es una realidad viciada, pervertida, manipulada, dogmática. El dogma es el impedimento legítimo para el pensamiento autónomo, pues nos muestra la ilusión de una realidad verdadera, que no puede ponerse en duda, cuyos juicios ya se han hecho y no hay necesidad de revalorarlos, que no debe ponerse en crisis, porque es sagrada y nuestro pensamiento profano no es suficiente para comprenderla a cabalidad. El pensamiento crítico es castigado severamente por los tribunales del Santo Oficio contemporáneos: El político, el empresario, el alto mando militar, el funcionario, el ciudadano apático y su más fiel escudero: el que vende información y opiniones, porque su poder ya no es de cuarta, sino de primera.

La ilusión de realidad y de verdad en el mundo contemporáneo se dicen en un twit, en una conversación cibernética, en una red social, en un informe gubernamental, en un noticiario nocturno, en un libro de texto gratuito, en un discurso parlamentario, en el libro sagrado de las reformas. Mentira. Vivimos en lo que se ha llamado la era de la información y más bien pareciera la era de la propagación inmediata y eficaz de la mentira y la desinformación, de las parcialidades. La verdad se oculta. Si hay un atentado en París de inmediato colocamos los colores de su bandera en nuestras casas, oficinas, monumentos públicos: Causa justa, inundada de poder, demandada por el poder. Si hay infanticidios y genocidios en Irak, Irán o Afganistán, nadie se inmuta, nadie llora, nadie utiliza los tiempos más caros de la televisión para informarlo, denunciarlo, condenarlo, nadie pone los colores de sus banderas en ningún lugar por temor a ser acusados de terroristas. No se denuncian con el mismo ahínco las miles de muertes de niños a causa del hambre en América Latina o África, los asesinatos por la policía, en México o Estados Unidos, de personas negras o indígenas que sólo por su aspecto se convierten en sospechosas de haber cometido un crimen, las brutales golpizas propinadas a las mujeres en Arabia Saudita o cualquier otra parte del mundo, sólo por ser mujeres y por tanto consideradas inferiores y servidoras del gran señor, su amo y dueño. ¿Acaso el derecho a la igualdad depende de nuestra posición económico social? ¿Acaso quienes llevan los pies descalzos no son considerados seres humanos y por eso no tienen derecho a la igualdad, a la dignidad, a la memoria, a la vida? Dolor.

La escuela y el maestro comprometidos con su quehacer social nos enseñan que existe una realidad alternativa, una realidad que se aleja del dogma oficialista y que es tan válida como aquella. El maniqueísmo no nos conduce a la verdad, nos vuelve parciales. Los grandes héroes de la historia también cometieron errores, porque fueron personas, no seres divinos (que también se equivocan), pero tuvieron una causa noble y justa que los llevó a la gloria social. Verlos al desnudo. Las historias oficiales nos muestran el lado amable, la felicidad ante el triunfo de las revoluciones, los desfiles y las caravanas. Por ejemplo, en México poco se habla del caudillismo revolucionario, del asesinato de millares de campesinos y obreros que fueron lanzados al matadero como carne de cañón a principios del siglo XX, sin preparación militar alguna para defender una causa que no conocían; de los centenares de mujeres que quedaron viudas y violadas, de los niños huérfanos que tuvieron que dejar la escuela (donde las había) y comenzar a trabajar para sostener económicamente a sus familias. Jamás se habla que la leva Huertista, durante la revolución mexicana, se llevó por la fuerza a cientos de hombres pacifistas a integrar las filas del ejército federal para matar a otros, en nombre de una causa que ellos no querían defender. Terror (ismo).

El maestro que se ha comprometido con su trabajo y su relevante labor social es un revolucionario. Hacer revolución significa buscar un cambio, un cambio de aquello que se ha descompuesto y que no es justo, que es benéfico sólo para algunos y perjudicial para otros. Nuestros días de corrupción, de apatía, de violencia, de desinformación, de desinterés por la cosa pública, necesitan de una revolución, de una transformación, de la búsqueda de mejores condiciones de vida, de una utopía alcanzable y que inspire, de ser justos con las minorías que son las mayorías. Re- evolución.

La revolución y el revolucionario contemporáneos no se hacen por la vía violenta, necesitan ser congruentes con sus ideales y no propiciar la generación de aquello que se denuncia con tristeza y coraje legítimos. El viejo adagio que proclama la sentencia irrevocable de que el que a hierro mata, a hierro  muere, se reinterpreta: El que a hierro mata, será juzgado por un tribunal justo y terrenal: Recibirá sentencia. La revolución contemporánea se define por la búsqueda de alternativas no violentas para la solución de conflictos, no necesita hacer más millonarios a los industriales de la guerra,  denuncia las desigualdades y pone manos a la obra, se dirige hacia la praxis. Las revoluciones y el revolucionario contemporáneos realmente son pequeños, son movimientos y acciones llevadas a cabo a escala regional o local, pero de gran trascendencia pública. La escuela contemporánea necesita formar nuevos revolucionarios críticos, reflexivos, pacifistas, pero no pasivos, considerados con su medio social y natural. Tarea magistral. Pensamiento autónomo, no autómata. Libertad de pensamiento con miras al respeto de la diversidad social. Defensa de los ideales propios y promoción de los ideales alternos.

Ser maestro es el oficio más bello del mundo, escribió Ikram Antaki, pero también es un oficio que conlleva una gran responsabilidad, que se labra con paciencia, lenta y delicadamente, porque la obra final de su oficio se llama Libertad. Ser maestro no es una alternativa al desempleo, es una vocación, es un compromiso con la sociedad en la que se vive, es un compromiso con la verdad y la justicia. Es un escudo contra el olvido, un altavoz que despierta del sueño letárgico de los engaños, papel y tinta para la memoria, una llave para ingresar al corazón de los estudiantes, una forma de vida que le da un color distinto a la existencia.

Ser maestro: Oficio apasionante, gratificante, agobiante, reflexivo, artesanal, místico, ¿cuántos etcéteras  podríamos agregar? Extraño mundo el de la educación, formal o informal, pública o privada: paradójico, pero un bien tan necesario. La principal misión del educador, más allá de la cualificación para el trabajo, es la formación de ciudadanos críticos y reflexivos cuya conciencia y voluntad sea libre y no esclava de un sistema opresor que justifica las desigualdades y la injusticia, la violencia, la mentira y el miedo. Utopía. Que este ideal, como dijo alguna vez un sentipensante, nos sirva para caminar.

GE
Fotografía de Moira Gelmi
Para citar este texto:

Troncoso Macías, Jesús Eduardo. “Ser maestro: Un compromiso con la verdad, un escudo contra el olvido” en Revista Sinfín, no. 15, enero-febrero, México, 2016, 38-40pp. ISSN: 2395-9428.

Jesús Eduardo Troncoso Macías

El autor es Licenciado en Sociología por la Universidad de Guanajuato, actualmente labora como profesor para el Sistema Avanzado de Bachillerato y Educación Superior en el Estado de Guanajuato (SABES); anteriormente desempeñó un cargo homólogo para la Universidad Virtual del Estado de Guanajuato y laboró para la administración pública estatal.

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