Soliloquio

A la memoria de don Jorge,
asiduo lector indigente, de oficio
franelero, desaparecido misteriosamente
hace unos años en el parque del
monumento a la madre de Mérida:
casa y lugar de trabajo

El cuerpo fue levantado de una de las bancas del parque del Monumento a la Madre la noche del martes, siete de agosto de dos mil catorce a las veinte horas. El tiempo exacto del deceso fue proporcionado a las autoridades y a la prensa por el perito forense. Ambulancia y patrullas desaparecieron por la calle cincuenta y siete con dirección a la Itzaes minutos después de haber intercambiado documentación con una perturbada pareja, misma que había marcado al novecientos once tras el suceso.

1

La biblioteca. Miércoles 8 de agosto, 8 a. m.

Recuerdo estar sentado en el parque, mirando hacia la biblioteca antes de caer en un profundo sueño. Antes de sentir una intensa heladez en mi cuerpo, imaginaba el interior de esa biblioteca, había decidido hilar por completo mi vida en el mundo de los libros, y buscando la mejor manera de lograr una sabia y formal iniciación monista, recuerdo haber cruzado la calle e introducirme en ella. Dentro, sentí la heladez que acariciaba las cubiertas de los libros, miré a todos lados en busca de una puerta inicial, de pronto una dama me identificó y me señaló con amabilidad la puerta de ese mundo que buscaba. Me asignó también un cubículo.

Buscando el libro inductivo, me impresionó un cuadrangular espacio cuyas paredes estaban hechas de ladrillos, mismos que sobresalían unos de otros como en forma de relieve, y fue entonces que supe que estaba en el lugar preciso del muro. Al instante, antes de alargar mi mano para tomar el libro, un ladrillo frente a mí se flexionó con fuerza hacia mi pecho, sentí una ligera descarga de polvo sobre mi camisa; dentro del ladrillo estaba el libro que buscaba. Lo jalé hacia mí. Leí en su portada “Don Quijote de la Mancha”. Ingresé a mi cubículo de lectura, deslicé la primera de forros, las hojas legales, el alongado prólogo, llegué a la página inicial del texto que conocía de harto, sin embargo, esta vez mi rostro se petrificó en la lectura de las primeras líneas.

2

Quijote y Juan Preciado. Miércoles 8 de agosto. 8: a. m.

Leía repetidamente esa plácida imagen de la primera línea, mi cerebro daba vueltas en torno a la última palabra allí leída: “…acordarme”. Creí haber hallado una pista; dejé el libro abierto en la esquina izquierda de la mesa y me deslicé hacia la misma bibliotecaria para solicitarle en esta ocasión algo que ilustrara el recuerdo. Cuando ella me señaló lo que buscaba, me dirigí al anaquel, esperé ahora más precavido a que el ladrillo se deslizara hacia mí para no sufrir de nuevo el sobresalto. Se deslizó. Tomé el libro, miré la primera de forros y leí: Pedro Páramo.

Sin dejar de releer el título y de restregar superficialmente mis ojos por el breve paratexto, me repuse a tientas en mi cubículo a consumar mis ansias por descubrir el mundo inefable que me concernía. Allí, en la mesita, intentaba entender el objeto del recuerdo en Don Quijote sobre el recuerdo de Juan Preciado, y no pude sino romper eufórico en carcajadas: “¡caramba, si será zumbona la memoria!”.

3

El viaje. Miércoles 8 de agosto. 8: a. m.

Entonces, intenté despejarme un poco ante la lectura de estas amenas páginas, pues había aun algo que no comprendía de la trama. Por eso seguí leyendo hasta que me adentré en las primeras tres páginas de la lectura, hasta donde Quijote le informa a Juan Preciado que lo que busca estaba entre la concavidad de los cerros, en el descenso del camino, y que darse a esa aventura era algo falto de cerebro, y que había que estar “muerto” para comprender la coherencia de la incoherencia del mundo allí abajo. Pero, Juan Preciado recordó que lo había prometido una y otra vez a su desfalleciente madre hasta prometérselo de nuevo, por eso emprendió el viaje. Quijote lo siguió. Se encontraban justo en la ladera que le conducía hasta Comala. Juan preciado pensaba en la palabra dicha al oído por Quijote: “muerto”.

“¿Cómo dice que se llama ese lugar? —Comala, Señor”. Me detuve un instante, medité por un momento en la clave del enigma: “para el que va, sube; para el que viene, baja”. Vengo, luego, bajo”, concluí. Prosiguieron ambos hasta justo donde los atajaba el correcaminos. Para entonces, el cura ya había quemado –asegurando para sí algunos– los libros “malditos”. Ambos habían perdido ya lo más valioso que poseían: Juan Preciado a su madre, y Quijote sus libros.

4

El tercer y último ladrillo. Miércoles 8 de agosto. 8 a. m.

Recuerdo haber releído varias veces las primeras secuencias y capítulos de ambos libros. Y sentí, como muchas veces lo viví sentado leyendo un libro o meditando mientras lavaba autos en este parque del centro histórico, que en este mundo no vivía nadie, que todo era árboles, pájaros y viento. No es que lo parezca. Así es. Aquí no vive nadie. Allí lo supe. Seguí pensando en la “muerte”. Dejé el libro abierto en la página del correcaminos en medio de la mesita y regresé una vez más a la facilitadora bibliotecaria. Me envió a otro casillero de ladrillos, y el ladrillo, como las veces anteriores, me ofreció un tercer regalo. Regresé con este último título en el que ella insistía abordaba mejor el tópico de la conciencia de la muerte, dada mi referencia. Ella había hecho su mejor trabajo.

5

El paso de la cordillera. Miércoles 8 de agosto. 8 a. m.

Repuesto en mi cubículo, abrí el libro en el espacio libre de la derecha de la mesita. Leía entre las primeras tres páginas de Cien años de soledad: “las cosas tienen vida propia… todo es cuestión de despertarles el ánima… dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa”.Más allá leía sobre la extraña muerte de Melquiades, su sepelio, las claves de la resurrección y el extraño regreso del difunto a Macondo. Levanté la mirada y enfoqué en el vacío.   

Después de un momento de profunda meditación sobre estas líneas, bajé mi mirada y vi cómo estos tres libros se unían en un lienzo sobre la mesa; pero yo enfoqué mis ojos y me avoqué a leer por el centro de la imagen: “ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas…”.En el instante, miré a la izquierda de la imagen y leí:“…se enfrascó tanto en su lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio. Llenósele la fantasía de todo aquello que leía en los libros…”

Me detuve. Alcé la mirada, volví a bajarla lagrimosa sobre un gran tapiz frente a mis ojos que enmarcaba todo el tablero del cubículo. En la pintura se encontraban Quijote, Juan Preciado y Melquíades sentados en una ancha piedra dándome las espaldas, contemplando el paisaje de las tres sublimes ciudades de Castilla, Comala y Macondo en un solo punto en una lejana y cóncava profundidad. Se habían detenido en la cordillera del gran universo, en una profunda meditación antes de perderse en el abismo del olvido. Pero, seguí descifrando el tapiz y esta vez pude percibir a un cuarto personaje junto a Melquiades contemplando también el destino. Las características del personaje eran las mías.

6

La última flor sobre la tumba. Miércoles 8 de agosto. 8 a. m.

El albañil había metido con fuerza los últimos tres ladrillos que completaban el cerraje de la bóveda. La rala concurrencia en el entierro, acaso unas seis personas, se limitó a rezar algunas aves marías, otros a compartir con ánimos ineludibles los escasos recuerdos de don Jorge, entre ellos taxistas del Peón Contreras y bibliotecarios de la central.

Los recuerdos giraban en torno de las rutinas del difunto lavador de autos en el pasillo; otros lo recordaban leyendo cómodamente sobre las bancas o recostado sobre aquellas novelas y cuentos de Víctor Hugo, Balzac, Mallarmé, Melville, Hesse, Chejov, Riva Palacio, Rulfo o Carlos Fuentes, o riendo a carcajadas hacia los árboles, o atajando el viento con sus manos abiertas, o mirando hacia la biblioteca de enfrente, a la que nuca tuvo la oportunidad de entrar.

Los recuerdos giraban en torno de las rutinas del difunto lavador de autos en el pasillo; otros lo recordaban leyendo cómodamente sobre las bancas o recostado sobre aquellas novelas y cuentos de Víctor Hugo, Balzac, Mallarmé, Melville, Hesse, Chejov, Riva Palacio, Rulfo o Carlos Fuentes, o riendo a carcajadas hacia los árboles, o atajando el viento con sus manos abiertas, o mirando hacia la biblioteca de enfrente, a la que nuca tuvo la oportunidad de entrar.

Solo la perturbada pareja, que desde la noche anterior tuvo a buen corazón hacerse cargo ante las autoridades de las gestiones legales y financieras del sepelio, había pedido unos minutos de atención y de silencio casi al finalizar el cerraje de la tumba para leer una especie de soliloquio, la conciencia viva post mortem del gran lector que vivió en el parque de las mil lecturas. Se dieron los discursos, se dijeron los recuerdos. La última flor de condolencia fue puesta sobre la tumba a las 8: a. m. de ese miércoles ocho de agosto.

Oveth Hernández Sánchez

(VHsa., Tab. 1978). Lic. en teología y en Literatura Latinoamericana. 3er. lugar en el 1er. concurso de cuento corto (2011) de la UADY. Cuentos publicados en Delatripa: Narrativa y algo más, Sinfín, Letralia, Bistró, Monolito y en diarios impresos Novedades de Tabasco y Presente. Maestro invitado de Filosofía en la Universidad Alfa y Omega, Mérida, Yucatán.

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