Temor a la muerte

La interpretación que presenta el filósofo alemán del siglo XIX Hegel en la Fenomenología del Espíritu, sobre la relación dialéctica entre el amo y el esclavo, ha sido vista como uno de los planteamientos más excepcionales y lúcidos realizados en el plano de las ideas.

Esta relación, en términos generales, y a riesgo de cometer una torpeza reduccionista de lo que Hegel mismo podría decir al respecto, la presento con esta primera afirmación: el amo, a simple vista, es quien manda al esclavo, lo hace trabajar para sí, lo somete a extenuantes jornadas laborales, le impone prácticas culturales y creencias reveladas; el amo es quien goza de los objetos que manda a producir y de un eterno descanso ocioso, pues no trabaja, solo consume. 

Por parte del esclavo, su condición aparentemente es la de ciega obediencia ante los obstinados mandatos injustificados de su amo, al esclavo le corresponde decir sí señor sin mirar a los ojos a su amo, mientras aquel, despóticamente como solo lo puede hacer, exige el saludo o la despedida que el esclavo mecánicamente tiene incorporado y, sobre todo, es al esclavo a quien le corresponde trabajar, trabajar para el amo y no para sí mismo. Sin embargo, es el trabajo físico e intelectual que tiene que realizar el esclavo lo que lo posiciona más cerca de la libertad que la que puede tener su amo. Es por ello que el esclavo se hace activo en el trabajo, en correspondencia con la pasividad del amo a quien le trabaja. En síntesis, y dejando los detalles de lado, el amo termina siendo esclavo del esclavo, mientras el esclavo se erige en amo de su amo.

Como dicen las señoras: ¡da un fresquito! descubrir la verdadera relación amo-esclavo. Si lo anterior es tan cierto, ¿por qué el esclavo continúa siendo esclavo? ¿Por qué el amo, soberbio y temido, continúa siendo amo? La respuesta es igual de extraordinaria al conjunto del planteamiento que nos aporta Hegel al respecto. Dice que el esclavo prefiere vivir siendo esclavo que morir habiendo luchado por su libertad, es decir, el esclavo le teme a la muerte.

El hombre, tal vez por naturaleza, le teme a la muerte en todas sus formas.  Pensemos el temor que da enfrentar una relación sentimental rutinizada –y eso que cuando uno se da cuenta, porque justamente la fuerza de la rutina es mecanizar el pensamiento!–, o pensemos en el temor que genera dejar a la familia o ver partir a su mascota, o peor aún (lo que las mentes perversas entienden y por eso lo utilizan): el temor al desempleo.  No es temor a la muerte física, aunque por supuesto esto es lo más temido, es temor a la muerte en tanto ruptura, desgarramiento y, por tanto, crisis afectiva, social, familiar, económica, etc., como consecuencia natural de dichas muertes.

Tomemos al azar una de las formas del temor a la muerte: la laboral. Parece ser que las necesidades fisiológicas revisten un poder especial, hasta el punto de hacer callar ante la injusticia. El hambre hace callar a la verdad. Decir la verdad se puede convertir en padecer hambre, es decir, en engrosar el ejército laboral de reserva. Recordemos lo que D´Hond, gran conocedor de Hegel, refiriéndose a la relación de Hölderlin con el señor Gontard, de quien era preceptor de sus hijos y amante de su esposa, decía: “!Ser como un criado, pase! ¡Pero cuando uno es el amante de la señora, verse humillado ante ella!” Según el caso del temor a la muerte que estamos siguiendo, reemplacemos la palabra señora por la de verdad, y nos veremos ante el espejo de la indignidad reflejados de pies a cabeza.

Por último, y dado el caso tomado al azar, habrá que referirse rápidamente a un timorato intento de vencer el temor a la muerte. El intento es cuando quien teme a la muerte laboral acude a ese gran espacio de liberación casi libidinal: al “pasillo”. Gran espacio este donde la censura le otorga legitimidad para ir y, nuevamente, como dicen las señoras: ¡desahogarse! Sabias señoras, saben lo que dicen, sobre todo si lo dicen en los pasillos.  Intento acomplejado este de vencer el temor a la muerte acudiendo al “pasillo”, pero no puede ser de otra manera, pues este lugar pecaminoso y, por lo mismo, siempre buscado, es al temeroso lo que es la zona libre para el fumador, la esquina oscura para los amantes, el baño para los adolescentes o, simplemente, donde la valentía artificial del hombre temeroso por naturaleza se ilusiona con hacerse real. Pareciera que el temor a la muerte es, en últimas, “la única esclavitud posible”, como dijo Hyppolite, conocedor asiduo de la filosofía hegeliana; o más aún, como le hizo saber Sonia a Raskolnikof en Crimen y Castigo: “Vivir sólo para existir? Antes, había estado dispuesto a dar mil veces su existencia por una idea, por una esperanza, incluso por una fantasía.”  Agrego: ¿Y qué más que darla por la verdad y la dignidad?

Luis Alberto Carmona Sánchez

Profesor de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales.

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