Testimonial del tiempo

Jorge Daniel Ferrera Montalvo

 

 

Como muchos de los escritores noveles que inician su camino sinuoso en el ejercicio de la literatura, recuerdo que me aproximé a ella a través de la narrativa y no de la poesía. Las razones de la elección del género pueden parecer por ahora simples u ordinarias: crecí y me eduqué en un medio en el cual este bello arte se desconocía o era asociado con frecuencia al cuento, la ficción –en un amplio sentido de la palabra– y a mitos y leyendas contadas por nuestros padres y abuelos. Estas circunstancias que, ahora se asemejarían desfavorables, y quizás mi natural predisposición por el razonamiento estructurado, probablemente hayan sido las causas por las que mucho tiempo después me inclinaría hacia el género narrativo y no hacia el dramático o el lírico.

Mi primer trabajo con intenciones literarias fue a la edad de los 18 años cuando cursaba la carrera en Literatura Latinoamericana. Por aquel entonces, la maestra de Principios de Poética nos había encomendado la tarea de relatar nuestras experiencias durante el período de vacaciones y, seducido o bajo el influjo de algunas lecturas, decidí presentarlas en formas de textos breves. El resultado fue una obra pasmosa y risible de la cual preferí olvidarme y arrojarla al cesto de la basura. Sin embargo, algunos años después dos hechos fortuitos marcarían decisivamente mi formación: los encuentros con los escritores Carlos Martín Briceño y Adán Echeverría.

Del ganador del “Premio Max Aub” y autor de varios cuentos memorables ya he podido referirme con anterioridad en un ensayo titulado Carlos Martín Briceño o breve repaso desde la cantera. No obstante, quisiera resaltar la importancia de este hecho: Carlos fue el primero en indicarme con franqueza la calidad de mis trabajos. Quién podría imaginar que desde ese instante preciso, abrazado por el enojo y aún sin saberlo, sería el inicio de una interminable búsqueda de formas expresivas y vacíos literarios.

En julio del 2013, auspiciado por la Escuela de Escritores Leopoldo Peniche Vallado y bajo la supervisión del poeta y maestro Luis Alcocer Martínez, se convocó en la Casa Colón de Mérida a una serie de tertulias o mesas páneles con el fin de promover la lectura. En una de aquellas reuniones, sentado hasta la parte de adelante, se encontraba el escritor Adán Echeverría. Hasta aquel entonces yo no conocía su obra más que por algunos artículos dispersos en diarios y revistas, pero le tocaba turno de leer sus poemas y al escucharlo tuve la certeza de estar frente a un escritor con oficio, sabedor de sus capacidades. Debajo del estrado, pude reconocer el ritmo vertiginoso del aliento poético, la cifra exacta de palabras, cargadas de erotismo, de relecturas de fuentes bíblicas e imágenes vertidas de tradición literaria. Al terminar su intervención recuerdo que como una enorme muestra de su generosidad se acercó a invitarme a colaborar en su revista. Podrán imaginar la entera satisfacción que experimenté: quizás sólo igualable (ahora que lo pienso) a mi primer nombramiento deportivo o a mi ingreso a la universidad.

 

Sobre el proceso creativo

Soy incapaz de escribir una palabra sin saber a dónde voy. En mi caso no es una posibilidad darle rienda suelta a la pluma sobre la hoja en blanco. Definitivamente porque presto un especial énfasis al tratamiento de los temas y las formas. Para mí –como en el decálogo de Horacio Quiroga– las tres primeras líneas son tan importantes como las tres últimas; y el texto, debe ser un todo armónico en donde cada una de las partes funciona como perfectas piezas de relojería. Recuerdo las palabras de un maestro que decía que Mario Vargas Llosa planeaba sus novelas con bocetos, borradores, miles de apuntes pegados a la pared y en la pizarra para luego dotarlos de un orden. Prueba de ello sería la estructura de La ciudad y los perros. Estas ideas desde entonces se me quedaron fijas en la memoria y se convirtieron para mí en un principio de construcción de textos.

 

Influencias y otros hallazgos

Desde luego que las tengo. Sería ingenuo pensar que somos completamente originales como también lo es la idea de que todo está escrito. Desde la antigüedad ya los griegos reflexionaban sobre los arquetipos y las ideas innatas al igual que Jung lo haría muchos siglos después. Así mismo, contamos con grandes referencias sobre el tema como lo son los ensayos de los críticos Harold Blomm y T.S.Eliot. Pero en mi caso, considero que las influencias obedecen más a una elección de temas, de formas de concebir el mundo más que de técnicas y estructuras narrativas. Sin embargo, debo a muchos escritores algunos recursos en mis trabajos. He aquí una breve, pero significativa mención de las que más recuerdo:

La primera sorpresa ocurrió al leer La Tumba de José Agustín. En esta novela, me asombraron los múltiples cambios en la sintaxis y el uso de los signos de puntuación –en particular del punto y seguido– porque con ellos advertí que se podía dotar de ritmo y claridad a las frases e ideas. Pero sin duda el mayor hallazgo se lo debo a Carlos Fuentes, Alfonso Reyes y Jorge Luis Borges por sus magníficos cuentos sobre el doppelganger. La idea, de encontrarse consigo mismo, es un tema que hasta ahora me sigue obsesionando y el cual trato de reelaborar en varias narraciones. Observo también cierta intención, tal vez ambiciosa, de crear atmósferas como las que lograba el maestro Horacio Quiroga. Tengo igual esta manera dialogada (hoy en desuso) de iniciar los textos al estilo siglo XIX como los escribían Edgar Allan Poe, Lovecraft y Conan Doyle. Del mismo modo, trato de imponer a mis relatos la economía en el lenguaje como lo hacían Juan Rulfo y Juan José Arreola.

Por otra parte, en el terreno del ensayo, valoro las aportaciones culturales y la lucidez crítica de Gabriel Zaid, Carlos Monsiváis, Julio Torri y Samuel Ramos. Por último, siento una afiliación intelectual por los comentarios y la capacidad de síntesis de Jorge Volpi, Juan Villoro e Ignacio Padilla para analizar los distintos cánones y generaciones literarias.

 

Acotaciones

Actualmente trabajo en una selección de relatos breves* orientados hacia el género fantástico en donde pretendo explorar lo Otro, la alteridad, desde distintas perspectivas, siempre en atmósferas de misterio y horror. También, la selección intenta replantear una lectura de los miedos universales y el imaginario popular como lo son los sueños, las violaciones, las muertes, los objetos animados, entre otros motivos. De esta manera, la obra aspira tener un constante diálogo y referencias explícitas con la tradición y los cánones literarios. Lo verdaderamente difícil hasta ahora es poder escribir historias que generen en el lector una sensación de miedo, de incertidumbre-mantener la tensión narrativa-y que este sentimiento pueda llegar a ser equiparable en cualquier parte del mundo, como lo son las impresiones al leer los cuentos de Juan Rulfo, de Edgar Allan Poe o Lovecraft. ¿Cómo describir en el tiempo actual un hecho o un ser que cause terror? ¿Con un discurso sugerente, desagentivado? Creo que un posible camino es acercarse a las formas y exigencias del género neofantástico –según la definición de Todorov y Julio Cortázar– o al ámbito del realismo mágico y el tratamiento del tema de lo absurdo. Hasta ahora, lo sigo explorando.

 

 

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* No cuentos, porque el cuento tiene unas características específicas que mis textos no cumplen. Por ejemplo: la transformación en el personaje, elemento fundamental en todo trabajo que pretenda ser un cuento. Yo les llamo relatos breves a mis escritos porque intentan esbozar una historia que el lector termina por completar. Es decir, se vuelve un agente activo. Más que decir, mis textos sugieren, simulan, contar, en una extensión mínima.

 

 

"Street-chess". Fotografía de Richard Keis
“Street-chess”. Fotografía de Richard Keis

 

 

 

 

 

Para citar este texto:

Ferrera Montalvo, Jorge Daniel. “Testimonial del tiempo” en Revista Sinfín, no. 19, septiembre-octubre, México, 2016, 57-60pp. ISSN: 2395-9428: https://www.revistasinfin.com/revista/

 

 

 

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