Fiebre de lo que fuimos

La fiebre producida de los pensamientos más altos

me sitúa en esta orilla con mi arrastrado péndulo.

La partitura del frío construye su nido, y un malestar de roca partida

de algo podrido quizá, se lleva el olor de días tan muertos.

En el aquí, enumero un patio, una escoba,

y unas manos rehaciendo el orden de la casa.

Sin la ruta habitual del aire suelo erguirme, no ser curva en el manantial secreto

ni giro indeciso removiendo tiras de tela colgada en tendederos.

De tanto camino una piedra guarda el toque de queda.

Algunos miramos hacia atrás donde los pasos han marcado su peso.

La orilla es blanda, nobleza que hace hundir pies y manos

para sacar algo perdido, en el momento en que el sol

dibuja un tatuaje en la espalda.

Lo sabes. Aceptas tus voces como plantas trepadoras

que hurgan en ti, atroces para reventar el alma.

De niños éramos esfinges corriendo al regazo de la tarde

ya de noche, perdidos, una ciudad nos atravesaba la garganta

mole desértica en el ojo, augurio de un mal morir.

En esta planicie, la hierba tiene el mismo realce, anuncia lo horizontal

y cubre la arena, levanta tu voz desbaratada de su boca

para dejarme de ti las palabras.

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