Insistencia en pasos

Por Violeta de Alba Torres

…en el rincón más oscuro de la brisa que nadie quiera

Federico García Lorca

I

Me habría alejado sin la ráfaga de tu recuerdo,

a una velocidad inexistente

que borrara los pasos sin demora, con denuedo.

 

Traté a cada paso de no seguir tus huellas,

traté de acompañarlas y tejer un espacio;

mas toda compañía es ya un encuentro lejano,

sacudida del plano entre los roces de la mano.

 

Me acompasaba una música fugitiva,

desgajamiento de un fragmento

perdido en el caracol sin tiempo.

 

II

¿Puedo permitirme un corazón exhausto y despedazado?

Campo verde de amanecer ignoto y desolado.

He desesperado el grito que no te alcanza,

he comido la amarga hierba de la mordaza,

he olido violeta agonía jacaranda.

 

¿Puedo permitirme la muerte de lo que no hemos hecho?

Camino de fuerzas extinto y carcomido.

No hay camino posible cuando la luz del otro

es hielo que quema y ahuyenta.

No hay ausencia posible cuando el deseo ya no te mira

y la ola se ha ido a mecer otra barca.

 

III

El camino seguía y no había modo de volver atrás,

donde el viento ya no corría, ni fluía la música,

ni vibraba el cuerpo de calor y aliento.

 

Un poco en silencio, porque las palabras escapan

del espacio incierto de imposibilidad del anhelo,

unos pasos andaban, lentos, torpes; y tropezaban

con el suelo plano carente de piedrecillas chocantes y bordes.

 

Más pasos. Andaban y seguían, y lentos, y torpes,

y tropezaban, y el suelo plano.

Clavados entre la tristeza,

entre el dolor que acorrala,

clavados sin el torrente que llama.

Su intento de andar era el que andaba;

y los pasos seguían.

 

Trataban trazos aprendidos:

buscaban atisbar roces de palabras en la superficie del suelo plano y áspero,

buscaban ganar el peso que asentara hendiduras alargadas,

buscaban afilarse cual cinceles alfileres que

transcribieran en lenguaje de paso y borramiento.

 

Desde que habían andado eran acariciados

por la espesura que viene y deviene,

la que transcurre en la superficie del cielo y el suelo,

y despierta a la mañana siguiente.

 

IV

Vuelve a perderte en el campo, Hirondelle.

Algún día, mientras surcas el viento,

te eclipsará el aroma del juego,

volverás a vivirlo de nuevo;

entre tus alas, se agitará la brisa de la gracia

y tu sonrisa será el gesto

que revuelva al mundo en deseo.

 

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