“Hugo” y otros poemas

Hugo

No tengo a ningún Hugo importante en mi vida
creo,
lejanamente,
el novio de una amiga muy querida se llamaba así,
él era de Guatemala
pero las cosas no acabaron bien
ella terminó teniendo hijos con un afable Óscar.

Sin embargo, últimamente veo a Hugo por todas partes,
vestido con camisetas moradas de manga larga,
a bordo de motocicletas o coches
que surcan a toda velocidad las ciudades
haciendo entregas a domicilio
a personas que vivimos, casi todo el tiempo,
encerradas en pequeños departamentos o,
con suerte,
entre las paredes de una casa.

Todo lo que conocíamos con anterioridad
se terminó.

Mi vida se terminó
tal como consideraba mi vida.

Ahora habito una realidad completamente diferente
a la que vivía antes del virus,
siempre como guardiana irritable de mis hijos,
pero,
en otro país,
con otro novio
lejos de mi exmarido
(gracias, Diosas)
y lejos de mi familia sanguínea.

Hugo es un muchacho plural que entrega comida y paquetes,
creo que no tiene seguro médico,
no tengo pruebas pero tampoco dudas.

Hugo es la cara morena y joven del capitalismo voraz y atroz
y pasa sus escasos momentos libres
estacionado
con los ojos clavados en su teléfono móvil
bajo el achicharrante sol
debajo de un paso a desnivel
esperando la siguiente orden
o chateando con alguna novia o novio.

Todos llaman a Hugo
pero casi nadie lo llama realmente a él,
cuando pagan,
casi nadie lo mira a los ojos.

¿Qué deseará Hugo,
en el fondo de su torso delgado,
cuando se quita la camiseta morada
y la mochila térmica?

Imagen. Poema Hugo Lauri García dueñas

Trauma complejo

La ira que me habita es como una enredadera,
de veraneras rosas y flores amarillas
de nombre copa de oro,
una enredadera entre sueños
sueños de una casa oscurecida
por el duelo y el abuso.

Sueños de que no me puedo despertar
y caigo reiterativamente
en el pozo de la infancia
adolorida
indócil
desobediente
irritable
bocona.

Ira subrepticia
convertida en palabras dardos fáciles que brotan del labio inferior
como botones de sangre.

Cerebro que se prende a las 4:30 a.m.,
mientras los niños duermen,
y siente que hay un hombre acechando la casa,
un hombre imaginario e invisible
que quiere hacernos daño.

Taquicardia,
no quiero morir
de combustión espontánea
y dejar a los niños solos.

No quiero morir porque
¿Quién lavaría los biberones
y los pondría hervir
con la devoción que yo lo hago?
Nadie.

¿Cómo una niña pequeña
con trauma complejo
que habita dentro de una mujer de 41 años
puede cuidar a dos niños
sin lastimarlos
como a ella la dañaron?

Lo intento todos los días
con todo mi ser.
Lo juro,
como me enseñaron a jurar
en el colegio católico
donde estudié.

“Silencio”. Pintura de Iliana Hernández

Deseando amar
una vez más
sin el miedo de abrir
la parte del alma que se esconde
para no ser herida.

Deseando amar
con el vientre dos veces abierto en siete capas
para dar a luz a dos hijos,
con el derecho de mi deseo subjetivo,
con el sobrepeso y la carne del agotamiento
y una mente con tendencias al desvarío.

Deseando amar sin el odio de la desdicha,
inhalando aire dentro de una bolsa de plástico,
rogando metafóricamente que este avión no se estrelle,
porque ya no tengo presupuesto emocional
para otro desastre de magnitudes desconocidas.

Por suerte, llegás vos
a la 1 p.m.
con la comida y,
al verte, al tocarte, al olerte,
se me olvida la estúpida discusión de ayer,
y vuelvo a comprobar
la capacidad que tiene el cuerpo,
el alma,
el espíritu,
de volver a amar
solo aquello
que nos hace bien.

Lauri Cristina García Dueñas
Lauri Cristina García Dueñas

(1980). Escritora y periodista salvadoreña. Maestra en Comunicación y Cultura por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

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