Cuentos

Los funerales de Rulo

Esto del tiempo es complicado, me agarra por todos lados. Johnny Carter en El perseguidor de Julio Cortázar El corredor frontal de la casa era la parte más amplia, como era entonces preferente en el diseño de las casas de rancho en los acahuales de Comalcalco, Tabasco. Y por ser espacioso, don José Sebastián Espigal...

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La Flor de la Pradera

A M. Norma Déjame que te cuente, fuereña. Déjame que te pinte la escoria, ahora que aún se mece en un sueño –de metanol– la hija del viejo Ronald Cook y de la indígena cree Shauleena La Riviére. Déjame que te cuente el abuso. Ahora que aún mutila el recuerdo; ahora que aún se mece...

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Apocalíptica

Desde el ayer hasta el hoy, las bombas explotan en la ciudad de Gaza. Abajo se vienen las edificaciones; las casas y las chozas, quedan derrumbadas. Todo está caótico entre los bombardeos y la humareda. Aquí tiembla esta urbe con estridencia. Por tales horrores, sufre esta población humana, presenciando a la misma guerra, que los...

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El delirio de Julio Cortázar

Gerardo Ugalde. En una noche en la cual cometí el funesto error de fumar marihuana, tuve el arranque de nervios más aterrador que he tenido hasta entonces. Cuando me vi en el espejo, noté que físicamente era horripilante. Comencé a perder el sueño, a sentirme lento, adolorido y con tedio. Derrotado para ser más claro. No lo estaba logrando, y parece, porque esto es continuo, mientras uno espera el fin...

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Sin título

Ana Matías Rendón. Las pequeñas palabras se escurren entre las nubes como si cayeran descuidadamente. Lo cierto es que detrás de ellas, hay muchas más que empujan a las de adelante, obligándolas a caer por la inercia

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Construcción

Liliana Alarcón Toriz. Dijo Cecilia que podíamos levantar nuestro amor con adobe. Los despojos del alma los amasamos: son lodo. Mientras ella contruye los muros, mis caricias van forjándole un techo. Esta ternura paliativa nos hace olvidar la miseria. Escucho cada palabra.

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Trastorno bipolar

Adán Echeverría. Nací en 1987. Soy el hijo sobreviviente del matrimonio de mi madre con un maestro de preparatoria que le llevaba apenas cuarenta años. Mi padre había nacido en 1924, y mi amada mamacita en el fatídico año de 1964, año en que el presidente Lyndon Johnson firmara la ley de Derechos Civiles, en que naciera la afamada banda de rock progresivo Pink Floyd, y justo cuando nuestro Gustavo Díaz Ordaz ganara las elecciones presidenciales de México.

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¡Cómo las flores señora!

Ana María Manceda. ¡Alégrame la vida! Entonces, a propósito le preguntaba cómo andaba y él tan suelto como era, tan pobre, tan feliz, dejaba volar las palabras de su sonriente boca ¡Cómo las flores señora! Sonaba a música, suena a música, sonará a música. Tenía una ligera nube en los ojos que producía un silencio en su mirada, un segundo, un tac y por ahí volvía a chispear, como cuando explicaba que su nombre quería decir “tigre amable” en mapuche. Lo mágico ocurría ante mi pregunta ¿Cómo andás Ainao? y el mundo vibraba, se llenaba de colores y notas musicales.

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La Chontalpa en tres ensueños primaverales de los 80

Oveth Hernández Sánchez. En vísperas de primavera de 1986 un grupo de niños y compañeros de la escuela primaria disfrutaba el juego de las escondidas en Vicente Guerrero. Era viernes...

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Una pálida sombra

Brenda Morales Muñoz. Bastaron sólo algunos segundos de su canción favorita para que su mente la trajera de vuelta. Logré que me saludara con una mueca amable.

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Nosotros… los escritores

Ella lame un helado con sabor a chicle. La espero afuera del lugar. Tienen que pasar tres de limón, uno de frutos rojos, dos clientes indecisos, una banana split. “No me gusta el helado. No hablo con gente en la calle”, me dice. Camino detrás. “Tú escribes poesía y yo cuento”. Se viene a vivir...

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El vómito

Dos cosas interrumpieron el sueño del terrible lagarto: el recuerdo del estruendo que había retumbado en toda la Tierra algún tiempo atrás y un fuerte dolor de estómago. Se levantó sin lograr ubicarse y buscó presuroso algo que aliviara su malestar. Poco a poco el cielo clareaba y la muerte esparcida por todas partes ya...

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¿Ijkyts ja’a tsäjp ntej npääta’? / ¿Puedo tocar el cielo?

Literatura Mixe ¿Ijkyts ja’a tsäjp ntej npääta’? Yä’ät mëtya’aky jam yë’ë ‘ojts jyäty jam ëyuujkajpjotp, jam wajkwemp. Tëyëpnë. Ja’a Trees n’äjty nyëjoyämpy soampy tsäjp t’ëkpäät. Nëmëkooxk n’äjtyët, ja’a n’äjty tyëmyëtsk, ja’a këëtëmätpa’. Ja’a tëjk mää n’äjty tsyënëta’, tyëmjyënkonääxy tyany mää ja’a ‘epxyuukp tysonta’kyën; koo nyëwijy ja’a jënma’ny jyënmanyääxpy, jëtsëk koo nyëkyo’kä’änya’, ja’a po’ mëët ja’a...

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Ramona mató un par de aves

  A los catorce años, Ramona se escondía en el baño para cortarse. Usaba el flamante filo de un sacapuntas marca “Baco” que había pisoteado encolerizada después de que una amiga, con la había quedado para ir al cine, le confesó que aquel día había decidido salir con otra persona. Su amiga le pidió perdón...

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Música de mi tierra

Nadia Vázquez. Hace casi un año que no escuchaba la marimba, la última vez fue cuando murió mi abuela, a las mujeres en mi familia les encanta, supongo que porque a todas les gusta bailar. A mí me fascinaba hasta que descubrí que hay canciones con letra, y que la letra me molesta, me impide adentrarme en el golpeteo, aún así, me gusta ir siguiendo el compás, tratando de descifrar entre golpes huecos y sonoros el alma de mi tierra; ese lugar en el que no nací, pero al que voy de vacaciones o en momentos tristes, donde el calor sofoca y el cariño asfixia, donde la gente llora por los vivos y ríe cuando ya están muertos, porque así se demuestra el amor, en vida, y se da gracias en muerte. Claro que es música de fiesta, pero de alguna forma y sin proponérmelo en los últimos años sólo he asistido a funerales. En este instante oigo Las chiapanecas, era la canción favorita de mi abuela; yo prefiero El bolonchón, me suena a chocolate con agua, a tortilla quebrada, tostadita con café y el llanto por el ser querido enfermo.

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La madre de Angélica

Guillermo Ríos Bonilla. Los maullidos de los felinos que copulaban sobre el tejado de la casa perturbaron el descanso de Angélica. Mientras ella estudiaba, la noche la había sorprendido concentrada en las matemáticas, pero con el transcurso de las horas, el embotamiento le nubló la mente. Dejó encendido el computador, apagó la bombilla del cuarto y se recostó en la cama. Pensaba en lo aburridas que le parecían las matemáticas y que debía entregar el trabajo mañana a primera hora. Los murmullos de la noche la extraviaron, como una puerta de escape que le permitía abandonar su embotamiento, y la libertad de su mente, errando por instantes en el ocio, la hizo desplazar la mano con suavidad hacia la entrepierna.

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El inventario de pasajeros en la Chontalpa

Oveth Hernández Sánchez. Las miradas de ambos personajes poseen una extraordinaria peculiaridad. Tienen hondura y discernimiento. Los dos catan sus propios espectros en el espejo de la córnea del otro. Así que no encuentran dificultad alguna en mirar y juzgar la realidad o con sus propios ojos o con los del otro. En los tiempos de la confrontación, cuando a uno le apresura conocer la veracidad en el otro, le es suficiente asomarse al borde de su rostro para mirarle adentro de sus ojos café-oscuros, como buscando en cada parpadeo los signos de su propio corazón.

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Túneles

Óscar Hernández. Federica ve un libro con su madre, ella le explica acerca del trabajo que hace en el hospital. Le describe la forma en la que opera a los pacientes que han sufrido algún daño en el cerebro. Usa fotografías para que conozca primero la parte más elemental: las neuronas. Federica pone atención a la anatomía de esas células. Su madre le habla de las ramificaciones que se extienden a través de su cerebro; con su dedo sigue los caminos, impresos en las páginas, que ella acaba de descubrir existen en su interior. En lo profundo de su ser. Su madre le dice que lo que ve, oye y siente, es producto del flujo de información que navega por esa estructura perfecta. Ese día Federica se da cuenta que todo el universo llega a ella a través de las rutas de esos túneles.

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El hombre con el testículo repleto de odio

Gerardo Ugalde. Una vez en la vida de todo hombre se pierde el sueño. Recorres toda la habitación en busca de algo que hacer, pensar, comer. El reloj está clavado en la pared, frente a tu cama, sin moverse, fijo en la hora trece de un séptimo día. Encendí la computadora, encendí un cigarro; la habitación apestaba, yo seguía fumando pitillo tras pitillo, intentando masturbarme. Estaba sentado, contemplado asiáticas de coños peludos cuando de repente sentí un dolor en el estómago. Era agudo, espontáneo, justo. Mi baño no era la gran cosa, yo tampoco lo era, mi culo se adolecía por el estreñimiento. Pujaba y gemía, lágrimas escurriendo por mis mejillas. El dolor ahora se encontraba en mi espina, hígado, riñones… cada segundo sobre el escusado era un calvario. No logro comprender qué fue lo que pasó. Sentado sobre el trono algo explotó: mi escroto, el lado derecho, eso fue lo que pasó.

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Tecnología

Leo Hernández. Lina esperaba pacientemente el regreso de Charlie, la cena recién servida, aún humeando sobre la mesa. Lina miraba con su cabellera rubia a que la puerta se abriera para que Charlie llegara del trabajo y le dijera que la extrañó mucho, a que la besara y que le hiciera el amor salvajemente, como acostumbraba casi todas las noches. Cuando se abrió la puerta del departamento, Lina se acercó a recibir a su hombre, con un pequeño y hermoso vestido negro, y éste la besó como queriendo devorar esos carnosos labios rosados, correspondiendo exactamente el acto. —Devuélveme el aliento —le dijo él, tratando de contener la respiración, después del agitado beso. —¿No te gusta que te lo quite? —preguntó ella dulcemente, como una niña que no tenía idea de lo que pasaba. —Sí, pero yo lo necesito más que tú —le contestó dejando las cosas del trabajo en el suelo.

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